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Leer "Con las mujeres no hay manera" es como ver "Torrente". O vas con la mente en blanco y desprejuiciada o te parece un horror. Si vas con la mente en blanco, te podrás reír con esta historia absurda en la que dos hermanos de "familia bien" se entretienen en desmontar una peligrosa banda de narcotraficantes llena de lesbianas y gays para liberar a una amiga de las garras de la drogadicción. Desde luego es todo políticamente incorrecto: desde la manera de tratar a las mujeres y a los homosexuales hasta el vocabulario utilizado; desde los métodos empleados para liberar a las lesbianas de su mal hasta las formas a la hora de conducir. Puro "Torrente" pero de los años cincuenta.
Ya había leído algo de Boris Vian, pero no lo recordaba tan divertido.
Claudine es una preadolescente, o una post-púber, ahí le anda. Insoportable y engreída, pija en un colegio de gente de campo, creída, pagada de sí misma. Claudine trata de conquistar a su nueva profesora, Aimée, pero le sale el tiro por la culata cuando ésta se lía con la directora del colegio. Ahora que llama la atención la normalidad con la que se ve en el colegio la relación lésbica entre ambas. Y si esto llega a pasar ahora, las despiden a las dos por exhibición impúdica o alguna cosa por el estilo.
En cuanto a la historia en sí, no vale nada. Claudine se merece de forma permanente una colleja por esa forma que tiene de tratar a sus compañeras, tan despectiva, tan hiriente. Es una líder nata, pero lo hace peor que muchos de los jefes que he tenido, que ya es decir...
Ácido sulfúrico es una ácida y corrosiva crítica a los reality shows. Cuenta cómo Pannonique y Zedna son secuestradas y llevadas en vagones de tren a un campo de concentración donde transcurre el reality "Concentración". Zedna se convierte en uno de los kapos del campo y Pannonique es matriculada con números y letras, igual que el resto de los prisioneros, y es obligada a trabajos forzados y a pasar hambre, penurias y torturas. Cada día los kapos eligen a dos de los prisioneros que son los que morirán ese día. Todo ello expuesto en la televisión como cualquier otro reality, sin que nadie parezca querer hacer nada por pararlo. El programa llega a conseguir el 100% de la audiencia.
Pero Zedna se enamora de Pannonique y trata de conseguir sus favores, y ésta se niega, por lo que Zedna trata de sobornarla con chocolate y otras cosas. Pannonique está convencida de que su bondad redimirá a Zedna y le hará libre a ella, pero las cosas se van complicando más y más.
El final es un poco precipitado, pero es lo que tiene escribir novelas cortas. A mí me ha gustado, pero me gustaron mucho más "Estupor y temblores" o "El sabotaje amoroso".
Este libro me lo leí ¡¡hace veinte años!! y desde entonces andaba por mis estanterías, de una mudanza a otra, cambiando de casa. Esta semana pasada, sin nada nuevo que echarme a los ojos, decidí releerlo porque recordaba que me había gustado... pero no recordaba nada más.
"La lectora" cuenta la historia de Marie-Constance, una mujer que no tiene nada que hacer y decide aprovechar que, según todo el mundo a su alrededor, tiene una voz preciosa, para dedicarse a leer en voz alta a quien lo necesite. Para ello pone un anuncio en el periódico, sin ninguna esperanza. Poco a poco va recibiendo ofertas de trabajo y acude a donde le llaman, topando con gente de lo más variopinta: un niño minusválido y su superprotectora madre (delirante la escena con el médico del niño), una generala-aristócrata húngara más roja que Santiago Carrillo, una niña hija de madre yuppi que no tiene tiempo para ella... con cada uno de estos personajes hila una serie de acontecimientos a cual más absurdo y divertido. Por medio anda un comisario de policía empeñado en ver conspiraciones de Marie-Constance en cada paso que ella da.
Como tengo reciente el de "La educación de las chicas en Bohemia", quería comentar que, lo que en aquel libro se hacía pesado y ralentizaba la historia, la inclusión de cientos de citas de otros autores, en éste no se hace cansado. Tampoco son tantas en "La lectora", pero vienen a cuento. Al fin y al cabo, son fragmentos de las obras que Marie-Constance lee a sus oyentes.
Es muy divertido, pero la distancia que dan veinte años da para verlo "anticuado". Hoy en día, la tele, el internet y los videojuegos son las baby-sitter modernas y nuestro contacto, en muchos casos, con el mundo exterior. Leer de una sociedad en que no existen los móviles ni internet, sin que sea una novela de "época" le da una pátina de vintage un poco injusta porque no hace tanto no existía nada de eso.
Me lo he leído a pesar de la crítica aplastante de Molinos que no debes leer si quieres leerte el libro antes de conocer el final (de todos modos, ella misma lo avisa, así que el que avisa no es traidor). Pero como nadie escarmienta en cabeza ajena, voy y me lo leo.
Y me paso todo el rato con ganas de pegarle una colleja a Jo, a ver si espabila de una vez, y dos buenas bofetadas a Hortense, por fresca y sobrada, y una mala contestación a Iris, por jeta, y de regalarle un consolador a Henriette, a ver si se le quita la amargura. Los personajes masculinos pues ni fu ni fa, y la historia, no hay por dónde cogerla. Ahora, desde luego, si lo que una quiere es literatura de la de no pensar, tipo veraniega o de cuando estás de bajón, pues es el libro ideal. Pero vamos, que tras seis meses de follar haya dos que se sigan llamando de usted, no es que roce, es que te encuentras ya acabando el libro más surrealista que haya leído. Y lo de la peluquera que triunfa vendiendo cosméticos a las chinas que trabajan en la reserva de cocodrilos africana, ya es el súmmum...
Gracias a dios, me lo he leído pirateado en digital. Si me llego a gastar la pasta, me da algo...
Con ésta novela, Pennac me ha acabado de convencer de que algo se mete cuando empieza a escribir: no sé si se fuma unos canutos o se mete unos tripis. Ésta cuarta entrega de la saga malausseniana se me ha hecho ya cansina. Es prácticamente de ciencia ficción. Si en la anterior Pennac nos deleitó con una resurrección in extremis y un trasplante multiorgánico que para sí quisieran en Anatomía de Grey, en ésta nos descubre una nueva técnica de tratamiento contra la infertilidad que daría envidia a muchas clínicas (y pondría la mar de contentos a los contrarios al aborto). En esta ocasión, Julie, la pareja de Benjamín está embarazada; la madre de Benjamín ha vuelto y está sumida en algún tipo de depresión; los desahucios se suceden en Belleville, y se va destruyendo el barrio; el cine de toda la vida está a punto de demolición; y aparecen varios muertos, la mayoría prostitutas, despellejadas. La tribu de Benjamín es cada vez más numerosa, y no sé muy bien de qué viven. Y Benjamín se encuentra abrumado ante su próxima paternidad. En fin, lo de siempre. Y, como siempre, Benjamín es el principal sospechoso de los asesinatos, con tan mala pata que el encargado de la investigación ya no es el comisario Coudrier, sino su yerno, que quiere cambiar la metodología del suegro y da por culpable a Malaussène antes incluso de llevarlo al juzgado. Además hay una especie de final tramposo en medio de la novela que te deja pensando (aún más) en si todo es una vacilada o si ése día Pennac no tenía más ganas de continuar escribiendo y se sacó de la máquina un final deus-ex-machina que luego tuvo que rectificar.
En fin, que tengo la quinta novela de esta saga, pero no tengo muchas ganas de comenzarla...
En vista de que nada de lo que empiezo últimamente me llena, vuelvo a la carga con Pennac y su serie Malaussène, con toda su tribu alrededor. Pennac me vuelve a hacer reír con esta tercera entrega de la serie. Malaussène se enfrenta a la boda católica de su hermana Clara y Clarence, el director de una prisión modélica y extraña. Pero Clarence muere asesinado nada más empezar y la tribu completa se entrega a cuidar de Clara, embarazada de Clarence, prometiendo a la policía no inmiscuirse en la investigación.
Así pues, Benjamín se ve obligado a aceptar el trabajo que le ofrece la Reina Zabo, su antigua jefa, y se hace pasar por el escritor más vendido de Ediciones el Talión, J.L.B., hasta entonces sin rostro. Pero algo se tuerce en el camino de Benjamín en la presentación del nuevo libro de J.L.B.
En esta novela conocemos el pasado de la Reina Zabo, y su relación con Loussa de Casamance, desde su más tierna infancia. Conocemos aún más al inspector Van Thian, "atado" a Verdún, la hermana más pequeña de Benjamín. Y sabemos de lo que es capaz Julie por amor, o al menos lo que parece que es capaz de hacer.
Hay una frase en el libro que me ha gustado especialmente: hablando de Van Thian, que lleva permanentemente en brazos a la pequeña Verdún, dice "Ser padre es quedarse manco", y creo que no hay definición mejor para la maternidad/paternidad (vista desde el lado amoroso y no desde el "no lo cojas, que se malacostumbra".
Segunda parte de la saga Malaussène (iniciada con "La felicidad de los ogros") "El hada carabina" nos devuelve a esta peculiar familia y a toda la gente que le rodea. Vuelve Pennac a preocuparse por los ancianos, esos seres olvidados en las grandes ciudades, de los que la familia del protagonista se hace cargo, para rescatarlos de un futuro incierto y para que los hermanos tengan alguien mayor cerca que les cuente cosas que de otro modo desconocería. Benjamín se crea una familia distinta, rodeado de los hijos de su madre y de ancianos que recoge por París. En esta novela, alguien se entretiene en matar viejas y drogar ancianos a base de atiborrarlos de anfetaminas. La madre de Benjamín no acaba de dar a luz al décimo de sus hijos y Julie, la novia de Ben, no aparece. La sociedad de Belleville, moros, negros, viejos y niños, está sobresaltada por las muertes de las viejas, mientras la policía da palos de ciego en su búsqueda del asesino. Es una novela negra poco seria, digamos, donde Pennac le da la vuelta a todos los tópicos de la sociedad: viejas que se entrenan en un campo de tiro, polis disfrazados de viudas, enfermeras que proporcionan anfetaminas sin pedirlas y un turbio asunto de especulación inmobiliaria. En medio de todo, Pastor, un inspector de policía especializado en conseguir confesiones imposibles de criminales, es un hombre que parece un jovencito inseguro y pánfilo, y que acaba mostrándose en todo su esplendor.
Nuevamente, la traducción merece un aplauso, visto lo que hay por ahí... Manuel Serrat Crespo vuelve a traducirnos el argot francés de un modo impecable, llevándonos al argot español sin que se note que es algo traducido, cosa que a menudo es complicada.
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